miércoles 8 de julio de 2009

Quitar las espinas

Ese día dormí sobre la arena, escondido entre arbustos, hasta que el sol comenzó a alumbrar la calle costanera. Yo sabía que mis víctimas pasarían por allí. El trípode estaba correctamente ubicado, había visión directa al lugar de la acción. Dejé todo apuntando a la vereda. También la tanza estaba preparada.

Los vi doblar en la esquina, tomados de la mano, ocultos en la penumbra del amanecer. La mano que tantas veces tuve entre mis dedos, ese día llevaba un anillo color de luna, similar al que yo le había regalado años atrás, pero con otro nombre. Aquella vez, ella rechazó mi regalo, pero los lazos entre nosotros siguieron, lo sé: son invisibles pero puedo sentirlos.

Siempre me atrajeron las flores bellas del jardín. Y también las flores que tienen espinas. Sólo me faltaba quitarle las espinas y recuperar para mí la belleza de su tallo y sus pétalos. Pero no era fácil llevar adelante ese plan. Apenas la veía me distraía recordando nuestros momentos felices...

Ella avanzaba filtrando todo lo bello a través de sus ojos; detrás suyo, solo quedaba vacío y desolación. Pero yo debía impedir su compromiso sí o sí, y debía hacerlo sin distracciones. “Es una cuestión de disciplina”, me repetía constantemente.

Me ubiqué detrás del trípode. Se encendió la luz roja. Ellos estaban llegando. Accioné la palanca justo cuando ambos levantaron el pie. La tanza se elevó a treinta centímetros. Los pies se engancharon; cayeron juntos y enredados sobre la vereda; la cámara de fotos tomó cientos de imágenes; quedaron desparramados en el piso. Con esa última foto sería fácil adivinar la ternura que ocultaban, ¡no habían soltado sus manos en la caída!

Llamé a la ambulancia; llegó casi inmediatamente. Un tumulto de gente los rodeó. Muchos los conocían y no entendieron qué hacía ella, que iba a casarse el mes próximo, de la mano de su jefe, tan temprano en la mañana.

Para aquellos que comprenden la vida como un juego tengo una advertencia: ¡cuidado con el próximo paso! Para la flor más bella tengo comprensión, tiempo y ganas de volver a empezar.

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martes 16 de junio de 2009

Para niños de todas las edades

En aquel momento, casi todos habían encontrado la forma de vivir como si aún fuesen niños. Para algunos la vida era un juego que volvía a empezar día a día, donde no importaba tanto el resultado como permanecer entusiasmados en el entretenimiento. Otros tomaban de la niñez la búsqueda de protección y, los más descarados, usaban la picaresca infantil de culpar a los objetos y a los demás de sus propios errores e irresponsabilidades.

Complicada era la situación de quienes se transformaban en niños dependientes, ya que los pocos mayores que no se habían convertido en jóvenes, no estaban dispuestos a contener, guiar y criar a niños que en realidad ya habían dejado de serlo.

Fue así que surgió la figura de madre colectiva. Su función era la de contener, guiar e impartir justicia entre los niños hermanos de su barrio. En poco tiempo se sancionó la ley que reglamentó el nuevo método, incluyendo capacitación, seguimiento y directivas de todo tipo. Respaldados por un grupo de psicopedagogos, psicólogos y sociólogos aportados por el gobierno, el plan no tenía fisuras.

La «Coordinadora de Madres Colectivas», que agrupaba a las madres de cada barrio del país, trabajaba a toda máquina. Producían nuevos cuentos aleccionadores que mantenían la paz y la tranquilidad entre los participantes y otorgaban premios a quienes cumplían su papel en la sociedad, tanto como adultos cuanto como niños.

Quedaban fuera de estos planes las personas mayores, quienes ya no podían producir, y los adultos que decidieron hacerse cargo ellos mismos de su niño interior, dejándolo expresarse cada vez que quisiera, pero sin depender de otros en cada paso. Entonces, viejos e independientes se organizaron con el objetivo de mantener la tradición, la naturalidad en el paso del tiempo y rechazar los intentos de control del gobierno. Formaron el «Grupo por el Desarrollo Natural no Manipulado», o GENOMA.

Era muy difícil oponerse al movimiento de la niñez permanente. Es que después de décadas de logarítmico crecimiento demográfico sobrevino la ausencia de nacimientos más grande de la historia. Toda la industria de entretenimientos y de productos para chicos, se había quedado sin clientes. Y lo que comenzó como una campaña publicitaria de una empresa se transformó, una vez obtenido el apoyo del gobierno, en el eje del funcionamiento de la sociedad.

Conforme pasaban los años, el GENOMA fue presentado sus denuncias. Se enumeraron las empresas de entretenimientos que de estar en la bancarrota comenzaron a crecer más y más, de cómo las jugueterías fueron quedando en manos del gobierno para garantizar la mejor distribución de juegos específicos para adultos-niños hasta llegar al monopolio, y señalaban que no era casual el paulatino reemplazo de la Coordinadora de Madres Colectivas sobre instituciones tradicionales como la iglesia, los clubes y los partidos políticos.

Pero el GENOMA tenía en sus principios e integrantes la semilla de su fracaso. Eran tan realistas en respetar el paso del tiempo que éste los fue devorando poco a poco.

En la plaza principal, después del horario laboral, se veía a las personas jugando. Se corrían entre ellos, se hamacaban, simulaban caballos, sonreían, se ensuciaban sin sentir culpa por ello y a veces se lastimaban sin querer. Había trajes, mamelucos, polleras y vaqueros llenos de arena. Y en el ya desusado banco de la plaza, un viejo observaba. No podía creer la manipulación a la que todos se prestaban voluntaria y alegremente. Tan fácil como quitarle un dulce a un niño, la fuerza de trabajo era cambiada solamente por alegrías infantiles. Para impedir esa situación, él se había embarcado en la creación del grupo, siendo uno de sus fundadores.



El viejo, conciente de que dentro suyo vivían el maduro, el adulto, el adolescente y el niño, y con el fuerte temor de que uno de ellos quisiera traicionar su naturalidad entregándose de brazos abiertos a madres falsas que con zanahorias de burro buscaban los beneficios del gobierno actual, quiso correr: no soportaba ese triste espectáculo. Pero los años pesaban tanto que el angustiante esfuerzo no fue gratuito. Mientras todos jugaban en la plaza, sólo el alma del viejo corrió, dejando atrás a su cuerpo. Murió así, uno de los últimos integrantes del GENOMA, logrando, al menos él, cumplir su objetivo: morir siendo viejo, independiente y libre. Quedó pendiente entonces, esa tarea, para el resto de la sociedad de grandes chicos.

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Cortocircuito

Ese martes, Marcela no entendía la actitud de su jefe. La saludó desde lejos, levantando la mano, cuando habitualmente, al llegar, la abrazaba y halagaba expresando la atracción que sentía por ella. Marcela disfrutaba de esos mimos aunque no lo dejaba avanzar porque él estaba casado.

Desesperado, se sentó detrás del escritorio y preguntó si hubo llamados. No despegaba la vista del teléfono.

Todo había comenzado el día anterior, cuando estaba hablando con un cliente y la comunicación se cortó. El teléfono volvió a sonar, y cuando Abel atendió, escuchó una voz dulce y angelical que hablaba con entusiasmo:

—...mañana tengo la entrevista, parece que es un buen trabajo, ¡ojalá tenga suerte!

Abel no quiso interrumpir.

—¿Ma? ¿Me escuchás?

No pudo esconderse más. Tragó saliva, impostó la voz y habló:

—Hola... yo soy Abel, parece que nuestra línea se ligó y quiero aprovechar para felicitarte...

—¿Qué? ¿Estuvo escuchando todo? Disculpe, voy a cortar.

—¡No, no! Espere...

El tono acalló el fugaz encuentro. Abel colgó el auricular con exagerada lentitud. El aparato volvió a sonar.

—¡Má! No sabés lo que pasó, estaba hablando con vos y de repente se ligó; un señor con voz de locutor...

—Gracias por el halago —Abel modulaba cada palabra—. Tu voz también es bonita.

—¿Otra vez? ¡Yo marqué el número de mi mamá! ¿Cómo es que atiende usted?

—Quizá es un problema de la compañía de teléfonos. Podríamos reclamar juntos, ¿no?

En lugar de respuesta, volvió el tono.

—¡Hooola! ¿Por qué siempre me cortás?

Ese lunes estuvo pendiente del teléfono durante toda la tarde, pero los llamados fueron los habituales, clientes y proveedores.

Por eso, temprano en la mañana del martes, Abel pidió a Marcela que no atendiera el teléfono, él se ocuparía.

El objetivo era conseguir su teléfono o alguna cita. Ensayó varios argumentos y casi se le escapa uno al escuchar la voz femenina de su mujer. Más tarde, sucedió.

—¡Hola mamá! ¡Conseguí el trabajo! No sabés qué bueno...

Abel interrumpió.

—¡Te felicito! Seguramente te irá muy bien.

Varios segundos separaron la respuesta.

—Bueno... gracias.

Al ataque, Abel continuó:

—¿Cómo te llamás?

Ella respondió «Cecilia». Tenía veinticuatro años, era contadora y ese era su primer trabajo. Abel se mostró comprensivo e interesado, le ofreció ayuda y hasta trabajo. Había preparado el terreno para la propuesta concreta.

—¿Qué te parece si nos juntamos a almorzar?

La respuesta fue el sonido del auricular ahogando la horquilla. Fue la primera vez que Marcela escuchó gritar a su jefe, aun con la puerta de su oficina cerrada.

Lleno de bronca, se propuso encontrarla: consiguió un listado de las llamadas entrantes; identificó el teléfono de la dama; marcó el número y esperó impaciente oir su voz.

«El número solicitado no corresponde a un usuario en servicio».

—¡Noooo! ¡No puede seeeeeeer!

Abel caminaba alrededor del escritorio intentando encontrar una respuesta coherente cuando lo sorprendió el teléfono.

—Hola... ¿es Abel?

Él se apoyó sobre el escritorio y con emoción adolescente, dijo «sí».

—Fui irrespetuosa al colgarle, pero usted entenderá, no nos conocemos...

—Por supuesto, Cecilia. Sólo quiero que hablemos mirándonos a los ojos.

—No sé...

—Podés elegir el lugar en el que te sientas más segura.

—Ok, ¿que le parece el bar de la plaza San Martín, a las doce?

—¡Por supuesto! Ahí estaré. Tengo un traje gris.

—Yo voy con un solero floreado.

Diez minutos antes de las doce, Abel estaba sentado, buscando un vestido floreado, o un solero, o cualquier cosa que indicara que Cecilia se acercaba. A la una de la tarde, muerto de frío, volvió a la oficina. Con los codos en el escritorio sostuvo su cabeza un largo rato mientras se lamentaba haber sido tan ingenuo. El teléfono sonó.

—¡Muy bonito! ¡Dejar plantada a una dama!

—¿Qué? ¡Pero si estuve esperándote más de una hora!

—Yo estuve desde antes de las doce, usted no vino. Cuando comenzó a llover, me fui.

—¿Lluvia? ¿A qué plaza fuiste?

—A la plaza San Martín, en el bar que está frente a la municipalidad.

—Pero ahi ya no funciona más la municipalidad, hace años.

—¿Cómo que no? Yo hice trámites allí.

—Bueno, como sea, ¿vamos de nuevo?

—Sí, pero más tarde porque ahora está lloviendo.

—¡Acá no llueve! Pero bueno..., quedamos para las cinco entonces.

Abel fue al bar y consultó al mozo: ninguna mujer sola estuvo al mediodía por allí. Esperó y cuando los faroles de la plaza se encendieron, totalmente frustrado, volvió a la oficina con la intención de tomar su abrigo, su portafolios y volver a casa antes de que su mujer se preocupara por la demora.

Luego de apagar las luces y mientras cerraba la puerta con llave, escuchó el teléfono. Era ella nuevamente. Quería seguir jugando con él. ¿Qué excusa pondría ahora? Esta vez sería él quien le cortaría, después de decirle unas cuántas cosas. Entró urgente y estiró el cuerpo para atender a tiempo. Comenzó a los gritos.

—¿Y ahora qué pasó?

—¿Abel? ¿Estás bien? Estaba preocupada porque no llegabas —su mujer, sorprendida, intentaba tranquilizarlo.

—Ahhh... que bueno oírte, amor. Tuve un día terrible, ya voy para casa...
Abel, abatido y silencioso, cenaba con la mirada perdida en algún lugar del tiempo, de las comunicaciones, de la confianza, del engaño.

—¿Sabés? Hoy vi algo raro al mediodía, cuando iba al banco y crucé plaza San Martín.

Abel levantó la mirada y le consultó, mientras sus manos comenzaban a transpirar, qué había visto.

—¿Te acordás el edificio donde antes estaba la municipalidad? Bueno, lo abrieron nuevamente, ahi se realizan los trámites ahora. Y como nosotros necesitamos tramitar el...

Abel dejó de escuchar. Por un momento dudó sobre si estaba con su mujer o con Cecilia, si estaba hablando con Marcela o si su vida era solo una confusión de los cables del destino.

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Levantar vuelo

En el bar, los dos compinches bebían cerveza, como siempre, desde que se conocieron en la sala de espera del bulo. Roberto, mientras llenaba los vasos y sonreía pícaro, comentaba:

—¡Qué noche la de anoche!, ¿eh?

—Sí... ¡la pasé de diez! —dijo Luciano, secándose la boca con la manga y desviando la mirada, recordando el rostro de la mujer.

—¡Qué bueno! ¡Y eso que siempre comés la misma carne!

Luciano no respondió. Bebió un sorbo más y el sonido del chopp en la mesa remarcó el silencio incómodo. Roberto continuó.

—Tengo un regalo para vos —y le estiró la mano con un pasaje de ida a Misiones, que Luciano leyó pero no agarró.

—¿Qué? Pero... no quiero viajar —se atajó. Cruzó los brazos y se apoyó en la silla.

—Pero... ¿qué te ata a este lugar? ¿No será por esa «trolita»? —se acercó y bajando la voz escupió palabras con olor a alcohol—. Mirá, yo te advertí que cambiaras de mina, ¿te acordás? En el bulo se dieron cuenta. Además de las chicas que laburan también hay tipos que no duermen por la noche, observando todo. ¡Ellos cuidan su negocio y harían cualquier cosa!... ¡Ja, ja, ja! Viste que «el ojo del amo...»

—No te rías que tu gracia mete miedo. Esa gente es jodida. Menos mal que sólo a vos te confié la dirección de mi casa. Igual, ¿yo qué tengo que ver en esto?

Luciano movía las manos sin parar y había comenzado a golpetear el piso con sus zapatos. Sentía calor y bebía más rápido aún.

—Y..., yo te avisé Luciano. Te dije que esas hembras no son dulces. Que atraigan boludos como moscas no las hace dulces. ¿Cómo te vas a enganchar? Encima, justo con la Jaqui. Es fácil la ecuación: cada una de estas minas sueña con algún pajarraco que con sus garras la levante y la lleve volando desde el quilombo hacia una nueva vida. Y la Jaqui miraba el cielo justo a tiempo, esperando que cayera algún gil, y en ese momento llegaste vos, repartiendo plumas.

—Me parece que estás inventando. Las minas no serán dulces pero tampoco son así de calculadoras e interesadas. Siempre andan borrachas como cubas sin manija, sosteniéndose de los brazos de los clientes. Acá hay algo más...

Roberto lo miró fijo. Masticaba más palabras de las que pronunciaría. Luego, apoyó con fuerza los puños cerrados en la mesa y con voz firme y desafiante redondeó.

—Creéme que conozco muy bien el ambiente. Es más —aflojó el cuerpo y la voz—, de hecho la Jaqui es mi hermana.

—¡Ah, bueno! ¡Ahora sí se caen los disfraces, desnudándote de cuerpo y alma! ¿Qué más me vas a decir? ¿Y qué pasa? ¿Estás celoso?

—No entendés nada, ella trabaja para mí. Solo te digo esto: estamos en el atardecer; el aire huele a tormenta; los relámpagos caerán esta noche en tu casa. En la mesa queda el pasaje, tu único paraguas. Yo me voy..., vos pensálo y ¡hacé lo que quieras!

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viernes 22 de mayo de 2009

La fuerza de la hamaca

Cada vez que la noche obligaba a las madres a llevarse a sus hijos a casa yo llegaba a la plaza escurriéndome entre las sombras.

Mi único divertimento es hamacarme. Sí, sé que ya soy grande para eso, pero apenas me siento y tomo las cadenas con las manos, vuelvo a ser niño: balanceo mi cuerpo y viajo hacia delante y atrás, hacia arriba y abajo, recorriendo años y kilómetros, en ese espacio tan vasto como claustrofóbico que es el semicírculo que dibuja la hamaca.

Habitualmente cerraba los ojos y mi cuerpo navegaba como una nube o como un péndulo imitando el ritmo de la respiración. Hasta que la curiosidad me llevó a abrir los ojos y mirar el mundo que pasaba bajo mis pies. Veía, de forma cíclica, arena, tronco, copa del árbol, edificio, ventana y cielo. Así comenzó todo porque desde que vi la cara en la ventana no pude quitarla de mi cabeza. Veía el rostro en la arena, en las hojas del árbol, en el cielo y, aunque cerrara los ojos al pasar por allí, también lo veía en la ventana.

Desde entonces el rostro vive detrás de mis ojos. Es la cara de un niño de mirada curiosa, con expresión de deseo. Nos mirábamos mutuamente: yo necesitaba su demandante e inquietante presión para balancearme, y él, según mostraban sus facciones, parecía disfrutar del espectáculo.

Pero desde que aquel intruso se cruzó en el camino de nuestras miradas, todo cambió. El tipo, con una libreta en la mano, se alejó silbando por lo bajo, quizá sintiéndose culpable de haber roto la magia de la plaza, del juego de hamacas y miradas cómplices.

El rostro del niño dejó de sonreír y luego no lo vi más. Sentí que se había enojado conmigo, ¡un extraño parecer siendo que ya no lo veía!

Seguí hamacándome noche tras noche sólo invocando el recuerdo de la cara. Repasando los hechos, finalmente, entendí: ese hombre que interrumpió el sueño era de aquellos que llenan las páginas de diarios sensacionalistas con relatos fantásticos e increíbles. Su última aventura fue difundir la historia de una hamaca que se movía sola, en una plaza ubicada frente a un edificio abandonado que décadas atrás había sido un orfanato.

Hay dos cosas de las que no puedo desconfiar: mis ojos y el tiempo. Mis ojos vieron el rostro. El rostro vio la hamaca. El niño aporta el deseo y el sueño, el adulto la acción y la profesión. El tiempo como un pegamento une el pasado con el futuro llevándome por un presente que se mueve hacia delante y atrás, entre años y kilómetros. Y en cada punto del recorrido me dedico a publicar en el diario lo que veo y siento. A veces me veo como un niño curioso, a veces como un hombre esquivo, y entre esos dos extremos me balanceo cada noche en la plaza.
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martes 17 de febrero de 2009

Dos fotos, muchas vidas

De golpe me encontré con una multitud. Podía reconocer la presencia y la cercanía de cada persona, pero no lograba identificar a nadie. Pude oír, de quienes estaban hacía más tiempo, que sólo se recuerdan los últimos minutos de vida, y que algunos, con el tiempo, logran recuperar más vivencias, recuerdos o sensaciones, pero nunca sentimientos. Así, entre el tumulto de almas, solo veremos los rostros de quienes hayan estado cerca nuestro justo antes de que la muerte nos trajera aquí.

Muy cerca, dos chicos conversaban animados. Estaban sorprendidos por las coincidencias de sus últimos y escasos recuerdos. Lo primero que averiguaron fue su edad, y ambos respondieron «ocho años». Buscando las razones de la familiaridad de sus rostros, siguieron indagando. Ella recordó un viaje en ómnibus con su madre cuando la sorprendió el fuego. Él estaba en el patio de su casa, también con su madre, cuando lo invadió la nube de polvo.

Detrás de mí hablaban otras personas. De ellos aprendí como eran las cosas en este extraño lugar. Ellos llamaron punto intermedio o etapa de transición a este momento o lugar de confusión y búsqueda. Sólo quienes tomaran conciencia de la razón de su muerte, y de cuanto influyó su vida en la suerte de otros, podrían abandonar ese encierro al aire libre para seguir su destino final.

Del otro lado, la niña miraba a su compañero y parecía volar. Era como si el rostro del chico la transportara en el tiempo. Unos segundos después, sin más expresión que la vista dirigida hacia abajo, como hojeando recuerdos, le contó sus últimos momentos. Dijo que un hombre con una gran mochila subió al ómnibus y gritó muchas cosas en un lenguaje que no ella no entendió. Antes de estallar sostuvo entre su mano y su pecho una foto de una mujer y un niño. Contó que esa foto fue lo último que había visto antes de que el fuego lo invadiera todo. Y le dijo que él se parecía mucho al de la foto.

«¡Cuántas coincidencias!» respondió el muchacho y apurado contó sus únicos recuerdos. Dijo que aquel día, al tiempo que su madre le recordaba el heroísmo de su padre, él miraba al cielo, buscando entre las nubes la figura de su guía. Y encontró, después del ruido de un avión, el rostro sonriente de una niña, cayendo encerrado en un huevo metálico que, después de golpear el techo de la casa, tiñó de noche la tarde. Agregó que vio en el huevo unas palabras escritas en un idioma que no supo reconocer.

—Supongo que sabes lo que decía el misil, ¿no? —el chico preguntó con auténtica curiosidad, como intentando adivinar el final de un cuento o una adivinanza.

—No lo sé, pero seguramente escribí "que mueran en paz", porque siempre lo escribía, en todos lados.

—¿Es posible eso? ¿Se puede morir en paz? —consultó el muchacho e inmediatamente la niña negó con la cabeza.

Pasaron unos momentos antes de que desaparecieran. Creo que se abrazaron. No volví a verlos pero comprendí, en su ausencia, por qué pude ver sus rostros y escuchar sus voces: con el único objetivo de sensibilizar a los lectores del diario en el que trabajaba, y con un alto bagaje de prejuicios, uní dos fotos de chicos enfrentados por la guerra. Escribí sobre las miserias humanas como quien critica una obra de teatro. No recuerdo como me fui de la vida, pero sé que tenía la foto a la vista. ¿Se habrá publicado mi artículo? ¿Habrá afectado a alguien? Hasta que no encuentre las respuestas seguiré vagando sin rumbo, sin compañía, sin destino, por este interminable pasillo de nubes con almas oscuras, culpables, pero aún inconscientes.


Como múltiples bocanadas de humo de cigarrillo víctimas de una fuerte ráfaga de viento, veo escaparse innumerable cantidad de almas. ¿Cuánto tiempo más deberé permanecer yo aquí?

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Los escapes

Rublo estaba en la cama del hospital del penal. Sabía cuál era la manera más fácil de escapar. Su cuerpo largo y dolorido yacía inmóvil; su mente iba hacia delante y atrás. Corría en un bosque sin lobos, sin perseguidores, sin trampas. Vestía el ambo celeste de los enfermos.

Rublo había llegado al hospital vendiendo ilusiones a quienes sólo estaban interesados en ganar dinero; ambiciosos siempre abundaron y eran los más fáciles de convencer. Canjeó favores por promesas que pagaría luego ya que había aceptado una oferta fabulosa, algo grande, algo real: un trabajo afuera.

Rublo corría. Pisaba ramas, insectos y el rocío de la madrugada. Sus cómplices habían comprado varias voluntades que lo ayudarían a escapar. La enfermera cambiaba el suero cuando mencionó que ese pestañeo somnoliento sólo podía ser causado por exceso de medicación o de golpes.

Rublo, agitado, esquivando árboles, recordaba las palabras: «...vas a distinguirlo rápidamente: es un gordo pelado de ojos celestes». Claro, siendo que todos los habitantes de estas islas negras eran morochos y fornidos como esclavos africanos, sería fácil reconocer al contacto.

Rublo veía oscuridad verde y marrón y sentía un bullicio lejano, como grillos en el camino. Llegó a la costa. Los pescadores se confundían con la noche y el mar excepto uno de espaldas amplias que se dio vuelta apenas Rublo pisó la arena. El pelado lo miró fijo y se inclinó hacia él; luego levantó un brazo y moviéndolo ordenó la avanzada. La palabra «traslado» sonó como un trueno mientras varias manos lo alcanzaron.

Rublo se resistía. Golpeaba a quién podía y se escurría entre varios brazos. «Acariciar la libertad y no sostenerla es peor que seguir en la cárcel», pensó. Por eso, sin temor de los daños que sufriría, siguió dando pelea. Pero fue inútil.

Rublo, sedado, oía sin comprender. Eran voces cercanas y algunos quejidos lejanos. Sintió nuevas manos en su cuerpo y pinchazos tan molestos como la luz del día en los ojos de quien quiere seguir durmiendo.

Rublo, como pudo, con esfuerzo, volvió a mirar. Descubrió que el lugar no era el mismo. Había demasiada luz y una enorme espalda blanca que al girar se hizo pecho. Vio lapiceras en el delantal, unos papeles en su mano, ojos claros y nada de pelo en la cabeza. Le escuchó decir, mientras agitaba en alto los papeles, «el traslado está listo, ahora es nuestro paciente, ya saben qué hacer».

Rublo estaba en la cama del hospital, dolorido, aturdido y confundido. Pero, por sobre todas las cosas, estaba esperanzado. Sabía que cuando pasara el efecto del sedante podría escapar y realizar el trabajo afuera, nuevamente, como tantas veces: sólo necesitaba algunos favores que pagaría luego.

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jueves 5 de febrero de 2009

Resonancias

Me guiaron unas manos generosas que con suavidad me recostaron. El frío desapareció de mis pies y del resto del cuerpo.

Algo comenzó a moverse, no entendí si el techo o el piso. Como si fuera una frazada de plomo la sombra de una tormenta tapó mi cuerpo.

Mis ojos veían la oscuridad apenas salpicada por estrellas incandescentes. Ráfagas de color aparecían en los costados durante cortos lapsos.

Cuando ya relajado empezaba a mirar con la mente, el ruido me interrumpió. Comenzó tímidamente con unos golpes metálicos, con la cadencia de los palillos del baterista anunciando el principio de una canción. Luego vino el estruendo. Fue como una explosión pero nunca se detuvo. Era como un taladro hiriendo la pared: golpes incesantes y de frecuencia creciente.
Veía imágenes, formas y colores bien sincronizados con el tormentoso ruido.

Hasta que se detuvo y el silencio molesto inundó todo el espacio. Hubiera preferido un desvanecimiento paulatino. Pero mientras me lamentaba, golpes y una fuerte vibración martillaron sonidos nuevos en mi mente. Se sentía de fondo un motor aumentando y reduciendo la velocidad y el contacto de engranajes en desuso, como los de un ferrocarril que vuelve a funcionar después de décadas. Enseguida se sumó el traqueteo y volvió el estruendo. Era una sinfonía que recorría el cuerpo más rápido que la sangre, con más beats que el corazón, con más potencia que la creación y generando más molestia que la fiebre y su delirio.

Yo giraba la cabeza intentando esconder mi mente de la exposición sonora y solo conseguía mezclar los colores en una paleta dinámica y perversa. Pero en la negrura del cuarto pude distinguir, en algunos momentos, una ventana. Sabía que del otro lado estaría mejor y busqué la forma de cruzarla. Probé pisando las manchas rojas pero se desvanecían a medida que las contactaba, hasta que desaparecieron todas. Caí entre estrellas hasta que me sostuve de un círculo, también rojo. Mis manos fueron perdiendo el sostén y fui a parar sobre un par de rieles verdes en los cuales me deslicé a toda velocidad. El movimiento generaba vértigo, el recorrido era sinuoso, pero la ventana siempre estaba a la misma lejana distancia. Quise alcanzar una escalera, que era del mismo color de las manchas y el círculo, pero resbalé y caí en picada. Como un silbido fui perdiéndome en el agujero negro del mundo, apagando mi presencia y sintiendo cada vez más cercano el fondo de todo, donde haría contacto, donde chocaría. En la estrepitosa caída, las estrellas eran líneas, los colores flashes y el cuerpo liviano. Cuando el grito estaba por llenar mi garganta... sucedió. El ruido se detuvo. Como un globo desinflándose. Quedó en mis oídos la sensación de ausencia, la inercia. El contraste entre movimiento interno y cuerpo estático creó una maraca de plomo, la cola de un cascabel inmóvil. Luego vino la luz, que encegueció la oscuridad pintando todo de blanco, de beige y de azul. Solo quedaron las estrellas que seguía viendo esporádicamente, como si hubiera traído parte de la noche a esa mañana.

Me entregaron un papel con una fecha y, mientras aún escuchaba el quejido de la puerta cerrándose, me ayudaron a recorrer la escalera. Me aferré a la baranda roja con fuerza desesperante. Tenía miedo de caer y que la ventana ubicada en el descanso, la de marco verde, me llevara a un lugar demasiado claro para mi gusto. El ruido del golpe de la puerta al cerrarse me obligó a girar la cabeza. Leí “magnéticas” y volví la mirada adelante guardando todos los colores que mis ojos encontraban en el recorrido mientras bajaba un nuevo escalón hacia la ventana.

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miércoles 7 de enero de 2009

La suerte no existe

Me llamó la atención que Mariela se fijara en él. Hizo como siempre: se encargó de llevarle la bebida que le gustaba y se quedó a su lado alentándolo, diciéndole que la suerte llegaría si ella era su amuleto. El tipo era cordial, más aún, cuando el pronóstico se hizo realidad y ganó una pequeña suma de dinero. Mariela recibió de regalo unas monedas y Ramón —así se llamaba—, se fue apenas obtuvo el cheque. ¡Cuánta frialdad! La mayoría de los jugadores no se retira justo después de ganar.

Cuando vino por primera vez todos lo miraban de reojo y dejaban caer alguna risita burlona. Vestía un sobretodo gastado —siempre, aunque hiciera calor— y un llamativo sombrero tapando su larga melena. Luego de una semana ya era un cliente habitual del bingo.



El monótono ritual se repetía a diario: Ramón llegaba; iba siempre a la misma máquina; ella lo acompañaba y luego mantenía su garganta húmeda (algunos decían que cuando festejaban también humedecía sus labios); él ganaba el premio mayor; le regalaba monedas; cambiaba el resto por un cheque y se iba. ¡Ganaba todos los días!

Cuando Ramón se alejaba la gente se agolpaba desesperada en la máquina de la suerte diaria buscando migajas de la fortuna del “ranchero”. Pero sólo él ganaba en esa máquina. Y yo barría los restos de sándwiches, me llevaba los vasos, mantenía la higiene del lugar y con suerte encontraba, entre los cables, alguna moneda extraviada en la euforia de algún premio importante.

Mariela, que habitualmente compartía conmigo el turno completo —ella en su tarea de brindar suerte a los jugadores—, empezó a venir sólo para acompañar a Ramón. Era lógico, con él tenía asegurado un ingreso diario.

Pero había algo más. Ni lento ni perezoso, averigüé:

—¿Por qué elegiste al ranchero?

—Hay que ser observador. ¿No viste la calidad de sus zapatos? ¿Las manos cuidadas? ¿El rolex que porta? Lo que no sé es por qué se viste con ropa vieja. Es raro el tipo. Además, aunque le veas mechas largas, el Ramón es pelado.

Mi relación con Mariela era especial: ella podía coquetear con los jugadores en busca de sus dádivas generosas, ¡pero nada más! Pero sospechaba que mientras yo estaba limpiando el brillante piso del bingo, Mariela y Ramón festejaban, antes de venir, por las monedas que ganarían juntos.

—¿A qué se dedica Ramón?

—Me dijo algo de importaciones y exportaciones, pero no tiene una empresa, y a veces habla por teléfono con gente del exterior —esa respuesta fue como una cachetada. Yo sabía que en el salón, por razones de seguridad, había un bloqueador de celulares, como en los bancos ¿dónde lo había escuchado hablar por teléfono?

—¿Por qué gana siempre? ¡No me vengas con que vos le traes suerte!

—No lo sé, y la verdad no me importa, mientras siga colaborando y creyendo que es por mí…

Tenía que comprobar ese rumor de que ella “humedecía sus labios”. Esa misma noche fui a la sala de control. Llevé una pizza para compartir. Tenían un semicírculo de veinte monitores para ellos dos solos y una computadora cada uno. Las imágenes eran aburridas, pero mi vista estaba clavada en una máquina, la de Ramón.

La pizza se estaba terminando. Yo hablaba de cualquier cosa, tratando de que no se dieran cuenta cuál monitor observaba atento. Cuando sonó el teléfono, al ver el interno, me hicieron gestos para que hiciera silencio.

—Bueno, entonces lo largamos ahora —dijo el más viejo e hizo una seña al que estaba en la computadora, quién en la pantalla eligió un identificador de máquina y luego presionó el botón “Asignar”.

—¡Uh! ¿Pero quién llamó, el presidente? —consulté, simulando inocente curiosidad.

—Eh… no, tareas de rutina, de mantenimiento. Ché ¿así que estás por cambiar el auto?

Y entonces sucedió. Ramón ganó y Mariela, después de mirar hacia los costados, saltó dos veces, lo abrazó y lo besó en los labios, perdiéndose bajo el ala del sombrero. Después del beso se miraron y se dijeron algo. Luego el tumulto de gente los ocultó.

Tomé la caja de pizza con los restos dentro y de un solo movimiento la estrujé y la arrojé al tacho de basura. Salí caminando apurado y mi cabeza trabajó arduamente. Las imágenes giraban veloces y cada tanto las detenía. “El ranchero”, “Mariela”, “cheque”, “importación / exportación”. Seguía pensando, detenía la lluvia de fotos con el botón en mi cabeza: “llamada telefónica”, “asignar”, “ganar a diario”. Continué hasta que apareció la secuencia de imágenes ganadora y comprendí todo.

Busqué a Mariela por todo el salón y finalmente la encontré cerca de la salida. Con urgencia y ansiedad y acelerando las palabras le vociferé las noticias:

—¡Ya sé lo de Ramón! —dio un paso hacia atrás, me miró a los ojos y luego bajó la vista. Después de un par de segundos preguntó:

—¿Cómo lo supiste?

—Estuve en la sala de videos y lo vi todo. Ya entiendo la relación de Ramón con el bingo y con vos—tragó saliva—. Y en ese río revuelto, vos y yo podríamos ser los pescadores beneficiados, ¡y no con migajas como ahora!

Su cara dibujaba, de a momentos, una sonrisa nerviosa, pero no pronunciaba palabra. Continué con mi propuesta.

—Así que vos, que al ranchero lo conoces bien, digo, más que bien, me vas a ayudar. Buscaremos la manera de obtener una tajada importante de sus visitas camufladas al bingo —bajó la mirada, intentó abrazarme y, después de que la esquivé, cruzó los brazos—. Así de hábil como fuiste para llenar su estómago de bebida y sus labios de saliva, lo serás para llenar nuestros bolsillos de dinero. ¿Te creíste que eras su amuleto? La suerte no existe Mariela. Los secretos tampoco.

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martes 6 de enero de 2009

Verdad, consecuencia ó sincera-miento

Después de siglos de mentiras, los ciudadanos optaron por un gobernante que basara su plataforma sólo en verdades. Enarbolando la honestidad y aborreciendo la mentira, el ocultamiento y el silencio, proponía construir un mundo mejor, con la ayuda y el sinceramiento de todos.

Llevó sólo veinticuatro horas la votación, que algunos realizaron desde sus relojes, otros desde sus centros de comunicación (equipos que unían voz, video y texto), y los más anticuados desde una computadora en sus hogares.

La asunción también fue rápida ya que no era necesario desplazarse para tomar decisiones. Las primeras medidas fueron inmediatas y sus resultados revolucionarios.

"Para comenzar una sociedad basada en la honestidad y la verdad, debemos sincerarnos con todos nuestros pares. Hoy mismo comenzamos esa etapa, en la que instamos a todos los ciudadanos a que de manera espontánea quiten de su ser los secretos y mentiras que oscurecen su alma, creando así, los cimientos de una nueva sociedad, y plantando la semilla del entendimiento y el amor fraternal entre todos."

Durante dos meses hubo un enorme revuelo: se confesaron engaños amorosos, complots comerciales, pequeños robos en los lugares de trabajo y otras fechorías menores. Los resultados fueron dispares: algunas parejas —muy pocas— se fortalecieron, la mayoría se separó; algunas empresas se debilitaron y otras aprovecharon la situación; muchos empleados fueron echados y otros ascendidos.

Como sucede con los grandes cambios, los perjudicados empezaron a quejarse. Reclamaban al gobierno soluciones, pues ellos habían sido sinceros, eran el modelo de la sociedad que buscaban, y estaban solos, sin trabajo y señalados por los demás como mentirosos. Finalmente, el reclamo se centró en algo que desde el principio algunos sospechaban: no todos los ciudadanos se sinceraron, y quienes evitaron contar sus trampas lo hicieron para sacar beneficio al conocer la verdad ajena.

El gobierno, que estaba dispuesto a llegar al fondo de la transformación, tomó una medida totalmente inesperada: creó el "Centro de Difusión de la Verdad". Inicialmente se dudó de su capacidad para resolver un problema global y particular a la vez, pero su accionar fue efectivo y causó estragos.

El CeDVe, en sólo tres semanas, aún no se supo con qué tecnología, develó todos los secretos que alguna vez estuvieron en medios de comunicación públicos o privados. Las personas recibieron llamados telefónicos sólo para oír una conversación de sus parejas con su eventual amante. Los directivos de empresas recibieron e-mails desde el CeDVe con copias de acuerdos o sobornos llevados adelante por sus empleados. Otros veían videos de sus amigos o familiares burlándose o hablando mal a sus espaldas.

Fue entonces cuando llegó el caos. Prácticamente todos los ciudadanos habían sido perjudicados en alguna forma por este masivo descubrimiento de mentiras ocultas. Y si bien al principio no fue fácil organizarse, puesto que ninguno confiaba en el otro por su fama de farsante, poco a poco la gente mostró su descontento. Había una total parálisis en la sociedad. Quedaba poca gente dispuesta a trabajar, o pocos empleadores dispuestos a contratar gente. Los hogares estaban desapareciendo. La gente no se comunicaba. El amor era más un riesgo que un disfrute. El sexo se hizo sucio y ni una simple conversación podía mantenerse por temor a incurrir en una falta que luego sería develada.

De forma espontánea, en pequeños grupos que se comunicaban por señas, la gente salió a protestar a las calles. No había una sola plaza vacía; en todas, la multitud reclamaba soluciones reales y, los más radicales, pedían la eliminación del CeVDe.

Por supuesto que el gobernante tuvo que dar una respuesta. Su holograma apareció a lo alto de cada concentración y, con gran soltura, desde su casa, dijo:

—Siempre fuimos conscientes de que el proceso sería difícil. Sabemos bien que el cambio es duro; sabemos bien lo que están pasando; y estamos poniendo a punto las medidas que nos llevarán a construir nuevas relaciones entre todos, siempre con la verdad como premisa. El CeVDe es independiente del gobierno, funciona automáticamente y avisará a quien corresponda cuando alguien falte a la verdad. Seamos pacientes, lo mejor está por venir.

La gente se retiró a sus hogares con amargura. Le pareció haber oído las palabras de un político de los viejos, los que gobernaban con mentiras disfrazadas de verdades benévolas. Pero, ¿de qué manera enojarse frente a ello si todos estaban quejándose por haber sido descubiertos como mentirosos? La contradicción logró amainar la rebeldía de la gente, aunque las mentes no cesaron de trabajar.

Como tampoco dejó de trabajar el CeVDe, cuyo sistema descentralizado de computadoras se cayó por sobrecarga, cuando el organismo tuvo que mostrar, a cada ciudadano que asistió a la plaza, un holograma con las verdaderas palabras detrás del discurso del gobernante.

Recién en ese momento vino la revolución, ¡la verdadera! Porque no todas las mentiras son iguales. Con algunas, no se juega.


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